Ayer se cumplieron dos meses desde que el Teatro Colón reabrió sus puertas, después de casi tres años y medio de estar cerrado. De hecho, el edificio todavía sigue “desperezándose” tras tanto tiempo de inactividad.

Por eso no todo funciona todavía a pedir de boca (el telón que se trabó en La Bohè me, los conflictos gremiales que redujeron las seis funciones de Manon a sólo dos, los reclamos del ballet, porque encontraron demasiado duro el piso del escenario, las funciones gélidas, porque no funcionaba la calefacción, la precaria preservación de algunos de sus bienes, etcétera).

El Colón nunca fue fácil de manejar, y menos en estos tiempos de turbulencias edilicias y con su organigrama en plena fase de cambios.

Teatro Colón BicentenarioA eso se suma la dificultad extra que supone la importancia relativa que le asigna a la cultura el gobierno porteño. El primer coliseo sufre esa orfandad, donde cierto “eficientismo” de gestión empresaria ha tratado de suplir esa deficiencia sin haber logrado siquiera éxito integral en ese aspecto.

Del parsimonioso Horacio Sanguinetti al más activo Pedro García Caffi, el Colón encontró un conductor que entiende cómo se maneja un teatro público, más allá de sus perfiles polémicos.

Pero hubo nuevas pérdidas de tiempo y desgastes innecesarios con la precipitada reducción de personal, por medio de resistidos traslados a otras reparticiones públicas, de empleados valiosos que iban a malograrse en sus nuevos destinos con tareas ajenas a lo que sabían hacer. La judicialización de estos casos obligó a un largo compás de espera que acaba de llegar a su fin. Los tribunales dieron la razón al contingente desplazado y ahora 138 empleados regresan a sus puestos de trabajo con los costos políticos que esto conlleva. Un error típico de Pro: creer que se puede manejar una institución pública, como el Colón, como una empresa privada.

Con la “repatriación” de los empleados que el Colón había intentado sacarse de encima, todo está dado para que el próximo viernes los trabajadores voten a su representante en el seno del flamante Ente Autárquico, el nuevo cuerpo de gobierno del teatro en el que ya revistan García Caffi, Mónica Freda, Lucas Figueras e Inés Urdapilleta. La elección tiene un final cantado: Máximo Parpagnoli, del sector escenotécnico y que, tras su restitución al edificio de la calle Libertad, retomó su función de fotógrafo, sería el elegido para incorporarse a ese cuerpo. En todos estos años, Parpagnoli ha sido una voz severa y con conocimiento de causa para juzgar las muy diversas complicaciones que atravesaron la vida del teatro. La convivencia dentro del Ente no será fácil: allí las decisiones importantes deben ser aprobadas por una mayoría de por lo menos tres votos contra cinco.

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El presupuesto de este cuerpo que rige los destinos del Colón se eleva a 142.283.852 pesos, de los cuales 42.498.363 pesos se van en gastos de personal.

Por venta de entradas en boletería (que van de los 20 pesos en paraíso y de pie hasta 1000 pesos en las primeras filas de platea; el abono más caro se eleva hasta los 47.000 pesos) y otros ingresos sólo se cubren 20 millones de pesos del primer monto. Lo demás sale de las arcas de la ciudad. Para este año están previstas 183 funciones (contra 77 del año pasado, la última temporada, extramuros).

Se quejan de la gran erogación que significa mantenerlo operativo los que no son habitués ni quieren al teatro. Es que hay tontos que siguen repitiendo como loros que el Colón es un símbolo de la oligarquía al que todavía le tienen más fastidio desde que depende de Macri, en vez de tomarlo como lo que verdaderamente es: fuente de orgullo de todos los argentinos, apreciado en el mundo entero.

Los beneficios que el Colón reporta a la comunidad no sólo se derraman sobre sus asistentes, sino que redundan en mejoras hacia afuera (mayor calidad de los artistas; vigencia de oficios que se perderían ligados a los vestuarios de época y a la construcción de escenografías de nivel internacional, etcétera). No es casual que la oferta operística de la ciudad se venga multiplicando en los últimos años con un público creciente. Tampoco que haya tal cantidad y calidad de refinados músicos aquí y en el exterior que llegaron a lo que son por la alta inspiración que el Colón provoca entre quienes se formaron entre sus paredes y en quienes lo frecuentan.

La población de cualquier nivel social que no tiene ese tipo de insólito prejuicio está muy atenta para concurrir a los conciertos gratuitos que se ofrecen algunos domingos. También los chicos de escuelas públicas y privadas disfrutan del ciclo “Mi primer concierto”, que los introduce en su mágico mundo.

Aseguran que sólo falta un 10 por ciento de toda la obra encarada para que el año que viene culmine la gran restauración aún en curso (falta el centro de documentación, la sala de ensayo para la Filarmónica y algunos camarines, se está terminando de remozar la sala de ensayo 9 de Julio para la orquesta y el ballet, y ya está concluida la nueva sala de ensayo de ópera).

La buena noticia es que el Teatro Colón recuperó su vitalidad. Preservar su buena salud es tarea de todos.

Fuente: La Nación

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